Queridas y queridos:

Antes de empezar esta entrada tengo que advertiros tres cosas. En primer lugar, que esta entrada va a ser larga. En segundo, que voy a hablaros de algunas cosas emocionalmente delicadas, algunas aún sin resolver en mi corazón y en mi conciencia, y por último, que, como advierten en los programas sensacionalistas de la tele, este post puede contener escenas “chungas”, fundamentalmente para mis lector@s animalistas. No voy a empezar el relato justificándome, porque quien me conoce sabe que me gustan los animales, que los quiero y los cuido…aunque a veces haya tomado decisiones sin saber si eran del todo correctas. Como cualquier persona.

Veamos…supongo que tod@s (o al menos aquellos que venís conmigo en este barco desde el principio) recordaréis esas dos bolitas peludas y cabezonas que llegaron un día de abril de 2011. Iósif Vissariónovich Stalin y Hồ Chí Minh, que posteriormente y por razones de economía lingüístico-familiar pasaron a ser mis queridos Jochimín y Estalin. Llegaron muy pronto (sin destetar), provenientes de una caja de cartón en el mercado donde se leía “se regalan gatitos”. Eran hermanos. Con ellos descubrí un universo que había olvidado con los años: la maravilla de asistir al crecimiento y aprendizaje de los gatitos, con todas las trastadas y monerías que conlleva. Por otra parte, el hecho de que tuvieran hectáreas y más hectáreas de bosque para recorrer, afilarse las uñas en los árboles en vez del sofá, utilizar cada metro cuadrado disponible como caja de arena gigantesca y poder dar rienda suelta a sus instintos sin frustrarse tras una ventana era una fuente constante de sorpresas y bienestar, para ellos y para mí (no así para la microfauna y ornitofauna del sector). Pasó el tiempo y los dos hermanos, que al principio se llevaban muy bien, empezaron a pelearse cuando llefaron a la madurez y tuvieron que establecer sus territorios. Al principio sutilmente, pero la violencia de las luchas fue in crescendo, tanto que se hacían heridas, y finalmente, en un proceso gradual, Jochimín echó a Estalin del territorio cercano a la casa y lo relegó a los alrededores y a la casa del vecino. Yo tenía que hacer malabarismos para seguir dándole de comer al pobre Estalin sin que viniera el otro a pegarle, y aún así cada vez pasaba más tiempo en sus “rondas” por el bosque, y cada vez venía menos a vernos. Jochimín vivía fuera de la casa, también pasaba días sin aparecer, pero se mantenía más cerca de nosotros y de vez en cuando seguía entrando. Y así estaba la situación gatuna cuando me fui. Por diferentes razones, en noviembre de 2011 dejé de vivir en la casa del campo. Los gatos quedaron al cuidado del vecino, y yo iba todos los fines de semana a verlos. Pero si ya veía poco al Estalin, cuando me fui directamente dejó de aparecer. Y Jochimín venía, yo le daba unos mimos, algo de comer, y así hasta la otra semana. Pero un día no llegó cuando lo llamé, y no lo vi hasta el mes siguiente, una noche que pasé en la casa y que llegó a vernos…para despedirse definitivamente. Ya no lo he vuelto a ver.

mi estalin

mi estalin

mi jochi

mi jochi

Como decía al principio, este tema aún me resulta complejo. En el momento de dejar la casa del bosque se me hizo evidente que no podía llevarme a dos animales que estaban acostumbrados a vivir libres. En el lugar pequeño y cercano a la ciudad donde iba a vivir, con tres perros enormes de vecinos, sufrirían mucho o se escaparían a la zona de la carretera, y por otra parte dentro de la casa las peleas entre ellos serían infernales. Así que no me los llevé. El periodo de transición y adaptación a separarse de mí fue largo, y pienso que los gatos saben buscarse la vida, pero sigo pensando en ellos… y se me aprieta el pecho cuando lo hago.

Seguimos avanzando en el tiempo. Como os adelanté en el anterior post, hace cosa de un mes, las gatas de mi vecina (que se llaman Rayitas la madre y Candas la hija), a las que hasta entonces sólo conocía de las veces que subí a darles de comer a la caseta donde viven (cuando mis vecinos se ausentaban unos días) decidieron empezar a aparecerse por los alrededores de mi casa. Un día le dí leche a una, después unas sobras de pescado a la otra, después una latita de atún…y poco a poco, empezaron a pasar cada vez más tiempo conmigo, hasta el punto que ya algunos días dormía la siesta con ellas. Al principio venía más la Rayitas (que en mi casa fue bautizada como Cascaritas), y posteriormente candas (Morrillos). Juntas, se pelean, pese a estar operadas. Aunque me molaba mucho tenerlas conmigo a ratines, sentía que estábamos en un triángulo felino-humano poniéndole los cuernos a base de bien a mi vecina, hasta que un día hablé con ella para confesarle el asunto y me dijo que no me preocupara, que siempre y cuando las trate bien, a ella le da igual. Creo que más que la comida, lo que les atrae a mi casa y hace que cada vez pasen menos tiempo en la caseta (donde tienen comida de gatos a diario y un sofá viejo para dormir, todo hay que decirlo) son los mimos. Y así, de repente y sin esperarlo, volvió a haber gatos (gatas) en mi vida.

cascaritas y morrillos, una de las pocas veces que estaban juntas sin pelear

cascaritas y morrillos, una de las pocas veces que estaban juntas sin pelear

Y esta era la situación gatuna hasta este miércoles…cuando me trajeron a casa (por sorpresa, evidentemente) esto:

OMG

OMG

Este gatito es parte de una camada que nació hace varias semanas en el campo experimental. Por alguna razón, habían nacido seis gatitos enredados por el cordón y las patas, y cuando los encontré estaban a punto de morir de hambre porque no podían mamar en condiciones. Además, había otra camada (de otra gata), nacidos casi al mismo tiempo. Separé y desinfecté las heridas de la pelota de gatitos como pude, y no sé realmente cuántos se salvaron, pero lo que supe después fue que entre las dos gatas habían criado a los gatitos supervivientes…y que este es uno de ellos. Se llama León Trotski Totoro, pero para abreviar, supongo que se quedará con “Troski”. En el momento en que este bichín me miró con sus dos ojitos como lunas llenas en miniatura, me volvió a embargar la emoción. Hete aquí una nueva “prueba felina”: Ahora, por razones obvias de liderazgo, no puedo dejar entrar a las gatas a mi casa porque le sacarían los ojos al recién llegado. Además, el Troski tiene que sentir que mi casa es su casa, y si siente permanentemente la amenaza de las otras dos, nunca va a estar tranquilo. Así que ahora he vuelto a la rutina hace muuuchos años olvidada de apestosas cajas de arena y marcas de afiladuras de uñas en el sofá, y por otro lado paso ratos fuera de la casa mimando a la Cascaritas y a la Morrillos para que no se sientan tan desplazadas por el nuevo integrante de la familia.

Y finalmente, cuando este peludo milagro esté totalmente habituado, llegará la siguiente prueba…irse a vivir (conmigo) al bosque y adaptarse a todas esas hectáreas de flora y fauna salvajes. Pero esta es otra historia y, como decía Michael Ende, deberá ser contada en otra ocasión. Besos y bolas de pelo desde la tierra de las gatotas…perdón, gaviotas.

hace tres años ya...tres pequeñitos que aprendían juntos

hace tres años ya...tres pequeñitos que aprendían juntos