Queridas y queridos:


Me cuesta escribir.  No estoy triste, al contrario, estoy pasando una temporada muy buena en lo que al estado de ánimo se refiere…pero en este momento se da en mi vida (y en mis circunstancias) una interfase, digamos estacionaria, y no ha pasado nada relevante o novedoso desde que se fue mi madre, hace hoy un par de semanas.


Mediados de febrero…En Chiloé el otoño llega antes que al resto de Chile, y poco a poco asoma la húmeda nariz por las mañanas, cuando me levanto a las siete y aún está saliendo el sol. Me despido poco a poco de este verano que ha sido tan sorprendentemente seco y caluroso, tan intenso,  y tan tranquilo a la vez. He descansado mucho y retomo este año laboral con ganas, sabiendo que estará lleno de desafíos y muchos días fuera de mi casa y mi familia chilena, lo cual me va a suponer una prueba de entereza emocional.


Mi hijo juega, crece, sigue de vacaciones y su mayor preocupación en la vida es que tiene que volver al cole, lo cual me resulta  profundamente gratificante. Es un chaval sano y fuerte y todavía me deja achucharlo y besuquearlo.


Pronto tendré buenas (o no tan buenas) nuevas para compartir. Por el momento, sólo puedo contaros que me regalaron un trébol africano que se llama Ernesto, y que las gatas de mi vecina (la chica que me alquila la cabaña en la que vivimos ahora) están poniendo los cuernos a su legítima dueña y se meten en mi casa a comer alguna sobra de pollo o pescado, beber un poco de leche, hacerse la toillette a lengüetazo limpio durante horas y dormir largas siestas. En su casa se llaman “Rayitas” y “Candas”, pero en la mía las conocemos como “cascaritas” y “morrillos”. Ah, y estoy haciendo jabón artesanal; el otro día la Cascaritas no encontró mejor idea que mearse en los jabones que yo acababa de desmoldar, y este fue el primer impasse de nuestra (hasta ese momento) maravillosa relación ilícita.


He vuelto a cogerle el gustillo a la cocina, y me he agenciado una vaporera, una heladera, una cafetera y un montón de “eras” nuevas, y me dedico a hacer experimentos culinarios cuando puedo.


Estoy contenta y satisfecha de la vida que me sonríe, de la suerte de haber podido tener aquí a mi madre por unos días, de la posibilidad cada vez más cercana de volver a vivir al bosque (en breve haré un post especial sobre esto porque sé que os lo debo) y agradezco cada uno de los días que abro los ojos en esta tierra, a pesar de los dolores y los “problemas”, que en el fondo no son más que oportunidades de conocerme y conocer a los otros, y ser cada día mejor persona para mí y para los demás.


Besos para la parroquia, en breve nuevas aventuras.


Cascaritas

Cascaritas